Jota Jota | Juan José

Cuando menos lo esperaba él nos abrió su tranquera y mirándonos a los ojos nos invitó a pasar, a conocer su lugar... su vida.
JuanJose | JJ




Juan José, aquel hombre que se internó en el monte a los 14 años de edad; se crió y se curtió en esas tierras. Él nos contó que vio al agua crecer, no subir sino crecer. Contaba [...tenía que rescatar el ganado nadando...] entre charla y charla se iba armando un "pucho" esos con sabor a vida, con sabor a tarde de sudor quizás con un extra de sabor a añoranzas.

Recorriendo el lugar apareció su chango, nosotros le decimos "gurí", su hijo que decidió vivir con él y no con su madre. De esa manera nos mostró que de "tal palo... tal astilla" sabiendo a corta edad lo que quería, sin miedo y afrontando con conciencia lo que le tocaba por ir con su padre.

Mientras la charla seguía su ritmo, pensaba que era una buena oportunidad para levantar mi cámara y hacerle un par de retratos pero arriesgaba toda la confianza y amabilidad que nos estaba brindando; no me quise arriesgar y dejé mi cámara colgada al hombro.

El sol se hacía sentir, parados en ronda "Jota Jota" siguió con sus historias de una vida dura y complicada del campo cordobés, sobre los lugares que había vivido bajo diferentes capataces. Llegó un momento de sinceridad, una frase que aún retumba en mis pensamientos; Juan José mirándonos fijamente a todos y mirando a su propio ser interior nos dice: [El gringo acá se abusa de nosotros...] adornado con un enorme silencio nos dimos cuenta del dolor de esas palabras, del sufrimiento que encierra y una fuerte voz de queja sobre la opresión .. pero una voz apagada por los años con la frente baja.

Con consuelos vacíos y volátiles conté que en nuestros pagos también sucede, una forma burda de compadecer ese dolor expresado. Otra foto que se escapa de la cámara pero no de mi.

Las horas se fueron pasando con temas triviales como la pesca, de un amigo co-entrerriano, de nuestra visita a Miramar y a pasos suaves nos autoinvitamos a retirarnos pensando en no molestarlo en su domingo de descanzo. Con el chango correteando por el lugar y jugando con un juguete de apariencia nuevo o reciente. Sin previo aviso otra historia de esas que desgarran por la impotencia que te corre en las venas, él nos contó que habían querido robar a su chango, su hijo, su sangre. Tuvo que dar todo por su hijo y por poco casi tiene que pagar con su libertad, pues esa vez, solo su buena vida lo salvó. En la comisaría lo conocen por buen tipo, por trabajador y para nada problemático pero donde le amenazaron a su chango mostró su peor lado. No cuento más por respeto a él y su chango, quizás, porque tampoco quiero cerrar con esta  historia de dolor.


Ahora si ya llegamos a la tranquera que inició esta amistad corta , precisa y sincera. El sol seguía azotando los hombros, sobraba luz por todos lados pero no fue barrera para que esta vez si me animara a levantar la cámara y tomarle un retrato. Le pregunté si podía hacerle algunas fotos y sin dudar accedió sin problemas, se notó que disfrutaba de nuestro interés por él.

Cuasi criaturas mirando una obra de teatro encandilados por su historia, su persona, su forma de ser con nosotros; extiendo la mano y ofrezco un apretón de mano (de los que marcan) un saludo de hombre a hombre.





Y así fue como Jota Jota y su chango, nos regalaron una parte de su día de descanso, de su domingo, de su vida. Una clase magistral de un verdadero Ser Humano.

+++++++++++++++++

Dedico este texto a mis compañeros de viaje Adrián C. - Hugo G.L. - Matias M. con quienes compartí esta experiencia.

Comentarios